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“Eso es amor”

He aquí un hombre que espera apoyado en una farola. Lleva la cazadora en una mano, porque hace calor, y una pequeña bolsa de papel, de la zapatería FOSCO, en la otra. Al cabo de un rato una mujer sale de la tienda de MANGO que hay enfrente de la farola del hombre, con otra bolsa de papel de la misma marca.

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He venido en el avión desde Bogotá con este señor. Se llama Antonio Navarro Wolff, y es un ex-ingeniero, ex-guerrillero del M-19, ex-ministro, ex-senador de la República, y actual gobernador de un territorio de Colombia, Nariño. 
Todo empezó cuando al salir al baño me tropecé con su pierna protésica, que se había quitado para dormir. Al despertarse comenzó a hablar y a ponerse la pierna de nuevo. Me dijo “adivina cómo la perdí”. Me dijo “voy a contarte con quién estás viajando”. Me dijo “aún tengo astillas bajo la piel del atentado con granada que sufrí”. Y me dijo “me casé y me separé dos veces; lo malo del matrimonio es que es demasiado largo, pero los hijos, eso sí, son un regalo”. 
Este señor con aspecto de gringo, buen estudiante y con posibles como para estudiar ingeniería en Inglaterra y Canadá, dejó su trabajo de profesor y se incorporó a la guerrilla del M-19 (Movimiento 19 de abril) para “combatir una injusticia electoral”. Durante los siguientes 16 años vivió en la selva y en las montañas -“me eché al monte”, bromea, con el desparpajo de quien ha contado mil veces su historia y no quiere olvidarla- perdió su primer matrimonio, y coordinó las negociaciones para la paz con el gobierno de Betancourt. Fuen entonces cuando le lanzan una granada en una cafetería de Cali y pierde parte de la pierna.
“Aún tengo astillas bajo la piel, mira, toca” y me ofrece su brazo. No doy crédito. Él sonríe. 
Mientras rellena el documento de Aduanas memorizo bien su nombre y apellidos. Sospecho que la versión larga de su historia tiene que estar en internet. Y así es.
En 1990 él junto al comandante en jefe de la guerrilla, Carlos Pizarro, firman la paz y el movimiento abandona las armas para convertirse en partido político. Pizarro, amigo y compañero de Wolff, se presenta como candidato a la Presidencia, pero en un vuelo comercial de Bogotá a Barranquilla un sicario paramilitar saca una ametralladora y le dispara.
Mientras leo la wikipedia, lamento no haber escuchado directamente de Navarro Wolff semejante episodio.
El M-19 se reúne entonces de nuevo, pero Wolff decide continuar el proceso de paz a pesar del asesinato de Pizarro y se presenta él mismo a las elecciones presidenciales, en las que queda en tercer lugar. 
Él me cuenta que en 1991 le nombran ministro de Salud “recién bajé del monte y me hacen ministro, yo no sabía nada!”.
Desde entonces se ha dedicado a la política “soy muy popular en mi país, tengo un 80% de aceptación entre mis ciudadanos” te dice orgulloso desde el fondo de sus ojos azules. Y no miente. Entre su apabullante biografía leo que fue uno de los tres presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente de Colombia que redactó la Constitución de 1991, y en su departamento o territorio de Nariña ha sido alcalde y actual gobernador. Un hombre respetado.
Venía a Madrid en calidad de miembro del Centro de Diálogo Inter-Americano, una organización creada en Washington “fíjate qué paradoja, de guerrillero a colaborar con un organismo de Washington” que aglutina diferentes líderes del sector público y privado de EEUU y América Latina.
Aterrizamos a las 2 de la tarde, y su reunión comenzaba a las 3 y media “menos mal que he podido dormir”. Preguntó dónde podía ir mañana por la noche y qué se hacía en Madrid “ir de tapas no?”. Se despidió amablemente con un firme apretón de manos y un “mucho gusto”, dejando una estela a leyenda camuflada que solo después, al llegar a casa, pude corroborar.

He venido en el avión desde Bogotá con este señor. Se llama Antonio Navarro Wolff, y es un ex-ingeniero, ex-guerrillero del M-19, ex-ministro, ex-senador de la República, y actual gobernador de un territorio de Colombia, Nariño. 

Todo empezó cuando al salir al baño me tropecé con su pierna protésica, que se había quitado para dormir. Al despertarse comenzó a hablar y a ponerse la pierna de nuevo. Me dijo “adivina cómo la perdí”. Me dijo “voy a contarte con quién estás viajando”. Me dijo “aún tengo astillas bajo la piel del atentado con granada que sufrí”. Y me dijo “me casé y me separé dos veces; lo malo del matrimonio es que es demasiado largo, pero los hijos, eso sí, son un regalo”. 

Este señor con aspecto de gringo, buen estudiante y con posibles como para estudiar ingeniería en Inglaterra y Canadá, dejó su trabajo de profesor y se incorporó a la guerrilla del M-19 (Movimiento 19 de abril) para “combatir una injusticia electoral”. Durante los siguientes 16 años vivió en la selva y en las montañas -“me eché al monte”, bromea, con el desparpajo de quien ha contado mil veces su historia y no quiere olvidarla- perdió su primer matrimonio, y coordinó las negociaciones para la paz con el gobierno de Betancourt. Fuen entonces cuando le lanzan una granada en una cafetería de Cali y pierde parte de la pierna.

“Aún tengo astillas bajo la piel, mira, toca” y me ofrece su brazo. No doy crédito. Él sonríe. 

Mientras rellena el documento de Aduanas memorizo bien su nombre y apellidos. Sospecho que la versión larga de su historia tiene que estar en internet. Y así es.

En 1990 él junto al comandante en jefe de la guerrilla, Carlos Pizarro, firman la paz y el movimiento abandona las armas para convertirse en partido político. Pizarro, amigo y compañero de Wolff, se presenta como candidato a la Presidencia, pero en un vuelo comercial de Bogotá a Barranquilla un sicario paramilitar saca una ametralladora y le dispara.

Mientras leo la wikipedia, lamento no haber escuchado directamente de Navarro Wolff semejante episodio.

El M-19 se reúne entonces de nuevo, pero Wolff decide continuar el proceso de paz a pesar del asesinato de Pizarro y se presenta él mismo a las elecciones presidenciales, en las que queda en tercer lugar. 

Él me cuenta que en 1991 le nombran ministro de Salud “recién bajé del monte y me hacen ministro, yo no sabía nada!”.

Desde entonces se ha dedicado a la política “soy muy popular en mi país, tengo un 80% de aceptación entre mis ciudadanos” te dice orgulloso desde el fondo de sus ojos azules. Y no miente. Entre su apabullante biografía leo que fue uno de los tres presidentes de la Asamblea Nacional Constituyente de Colombia que redactó la Constitución de 1991, y en su departamento o territorio de Nariña ha sido alcalde y actual gobernador. Un hombre respetado.

Venía a Madrid en calidad de miembro del Centro de Diálogo Inter-Americano, una organización creada en Washington “fíjate qué paradoja, de guerrillero a colaborar con un organismo de Washington” que aglutina diferentes líderes del sector público y privado de EEUU y América Latina.

Aterrizamos a las 2 de la tarde, y su reunión comenzaba a las 3 y media “menos mal que he podido dormir”. Preguntó dónde podía ir mañana por la noche y qué se hacía en Madrid “ir de tapas no?”. Se despidió amablemente con un firme apretón de manos y un “mucho gusto”, dejando una estela a leyenda camuflada que solo después, al llegar a casa, pude corroborar.

Último vaivén

Me puse a buscar un viejo, viejísimo relato en mi blog y resulta que nunca me atreví a publicarlo. Lo hago ahora rememorando aquellos años ingenuos en los que estos desastres me parecían románticos.

El año olvidado

Estaba caminando por las calles vacías cuando empezó a clarear. Eran los últimos tacones de la noche. Había llovido, y la humedad se había prendido desde hacía horas a su pelo. Cruzó el puente y se asomó al río, serpentinas y otros restos navegaban en la corriente. Enfiló la avenida iluminada. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando. Risas en los portales y luces encendidas que se apagaban, algunas sombras tambaleantes en las equinas. En un banco, una figura masculló algo ininteligible, sus ojos acuosos mirándola sin verla. Reconoció el reloj de la estación y se dio cuenta por primera vez de la hora que era. Al cruzar el semáforo en rojo más solitario del mundo, trató de recordar lo que había pensado un año atrás, paseando por la misma calle. La misma melancolía, el mismo vértigo, la sensación de algo inacabado y en permanente transición, la euforia autoimpuesta, el brindis ciego.

Llegó a casa, buscó sus llaves y abrió la puerta. En la nevera, la última postal de “feliz año nuevo”. Cogió un bolígrafo y tachó “nuevo”. No era eso lo que quería celebrar. El año nuevo, desconocido, impredecible, indefinible. Era el año viejo por el que brindaba ahora, el usado, el recordable, el que huele y sabe y duele, el que deja huella. El que se acumula al resto de años.

La historia. La vida.

Esa voz que se juega la vida
esos ojos llenando el vacío,
esos dedos hurgando en la herida
esa liturgia del escalofrío.

Ese orgullo que pide disculpas
ese sentarse para estar erguido,
ese añejo sabor de la pulpa
visceral del limón del olvido.

Esa revolución de la amargura
ese inventario de la mala suerte
ese tratado de la desmesura.

Ese cómo, ese qué, ese hasta cuándo
ese pulso ganado a la muerte,
ese Enrique Morente cantando.

—“A Enrique Morente”, Joaquín Sabina, 1999.

Otoño

Ayer tuve una visión, te distinguí en un roble enrojecido por el otoño, húmedo y vivo. Igual que una aparición, me envolvías en esos brazos largos y ásperos como ramas de árbol. 

Apenas había luz en tu cavernosa corteza, pero no pude resistirme a esas laberínticas raíces y me pegué a tí como un líquen. La simbiosis no resultó, acaso puede un alto tronco detenerse en tan minúsculo y frágil huésped.Así que volví al sol huidizo de octubre, bajando la Cuesta de las Promesas y arrastrando con fastidio los Guijarros de la Decepción.

Lo que tiene que ser

Tus silencios despiertan los gritos del mundo - Juan Gelman

Sentir como te alejas, nos alejamos, es como hundirse en al agua mansamente, flotar en el abismo.

Tantas veces te lo pedí, tantas veces lo deseé… ahora siento cómo se retira el suelo de los pies. Pienso que es como tiene que ser, pero no consigo acostumbrarme, quitarme este desasosiego, este sordo run run… este no querer que me duelas. Sabes que te quiero, pero por encima de todo, te necesito. Y tú, que siempre me has querido más, te vas adentrando en la niebla, en tu propio desierto.

Y pienso que es como tiene ser, a menudo lo hemos reconocido, sin ser capaces de decidirlo, y sin embargo doy vueltas a la habitación, inmóvil, muda, ciega, imposible ordenar este presente. Reconozco de nuevo el puño en el estómago, observo este campo de amapolas rojas, abierto y virgen. Se caen los muros, el dique en el que me contienes. Cuántas veces he querido salir de ti… correr, atravesar kilómetros, vivir.

Será como tiene que ser, así que me visto sola, me cepillo el pelo sola, me dispongo a salir (amapolas y más amapolas) sola, con tu ausencia pegada a mí, agarrada a mis pantalones, incómoda, molesta. Sin echarte de menos del todo, solo este agujero, este foso aislado, turbio, incierto. Este roto hilo de la historia enredado en la garganta.

Madrid, 11 de enero de 2009

Rebotando a: Madrid, 1 de febrero 2010